¿Perdedor o Vencedor?

whisper
Un buen deportista se fija objetivos concretos: voy a correr los 100m, los 1500m... una maratón. Cada día entrena pensando en ello, en superarse, en llegar a cruzar la línea de meta el primero, o al menos de los tres primeros, y conseguir una de las tan ansiadas medallas. Ninguno de ellos competiría dando vueltas en círculo sin llegar a ninguna parte; ningún futbolista jugaría si no existiera una portería y un balón que encajar en ella, peleando por ser el mejor en el terreno de juego. Para ello se ha de esforzar día a día, entrenarse para el momento de demostrar que puede superarse a sí mismo y a sus rivales. En ese transcurso cuenta con la ayuda de un entrenador, que está ahí para enseñarle cómo conseguirlo, para alentarle cuando las fuerzas flaquean, para felicitarle cuando lo logra o para consolarle cuando fracasa, porque si hay algo que necesita es esa voz que le susurra: "Adelante, vas a conseguirlo".

No todos somos deportistas de élite, pero esta vida sí que es una carrera de fondo, y la manera en la que la enfocamos cambia radicalmente cuando pensamos que todo tiene un propósito, un fin que está en Manos de El Entrenador Supremo, que además nos ha creado y conoce de manera milimétrica dónde se encuentran nuestros puntos fuertes y débiles, que sabe cómo hemos de prepararnos y nos acompaña en cada paso que damos sin importar cuántas veces queramos tirar la toalla. Todo cobra un sentido mayor si pensamos que existe un "para qué", ¿verdad?

Si crees en Jesús puedes contar con el mejor entrenador posible, Dios, quien conoce la forma de conseguir el triunfo y la meta al final del trayecto. Algo así es todo un lujo impagable, pero aún teniendo ese privilegio a menudo lo despreciamos. Nos cuesta confiar en Él, nos cuesta entender que lo que quiere para nosotros es siempre LO MEJOR, ¿por qué? Porque en el camino nos encontramos con nuestro mayor rival: nosotros mismos. Nos asaltan nuestros pensamientos autodestructivos, nuestros deseos de hacerlo todo a nuestra manera sin dejar que nadie nos dirija, el creer que podemos controlar todo lo que hacemos sin darnos cuenta que lo que hacemos puede ser precisamente lo que nos lleve a quedarnos en la línea de salida... ¿Te lo has planteado alguna vez?¿Te has parado a pensar que puede que no estés escuchando el pistoletazo de salida porque estás demasiado ocupado en otras cosas? ¿Te has dado cuenta que mientras eso sucede tú estás parado y los demás ya han comenzado a correr? Y no solo eso, porque no es únicamente cuestión de correr, sino de conseguir llegar a la meta:

¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis, decía el apóstol Pablo en 1ª Corintios 9:24.

Dios es tan increíble que no nos obliga a nada en ningún momento. Nos deja decidir:¿queremos confiar? ¿Queremos llegar a la meta? ¿Queremos hacerlo con su ayuda o preferimos que sea por nuestra cuenta? Porque, ¿sabes cuál es el premio? LA VIDA.

Sí, la vida en mayúsculas es la que Dios nos ofrece. Mucho más que cualquier medalla de oro o reconocimiento en este mundo: es lo máximo a lo que podemos aspirar, y para obtenerla no tenemos que hacer nada, porque no hay nada que podamos hacer por nosotros mismos, tan solo aceptarla y luchar por reafirmarnos y ser coherentes con nuestra decisión de vivirla con la meta puesta en Él y en sus planes para nosotros.

El apóstol Pablo también decía en otra de sus cartas:

He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe. En el futuro me está reservada la corona de justicia que el Señor, el Juez justo, me entregará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida. 2ª Timoteo 4:7.

¡Qué estupendo sería si llegamos al final de nuestra vida y podemos decir estas palabras que dan muestra de un trabajo bien hecho!

Nadie dice que sea fácil. Pasaremos por momentos de luces y sombras, pero está en nuestras manos pelear solos o cogidos de la mano de Dios.

  Entonces, ¿qué diremos a esto? Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos concederá también con El todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún, el que resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Tal como está escrito:
          POR CAUSA TUYA SOMOS PUESTOS A MUERTE TODO EL DIA;
          SOMOS CONSIDERADOS COMO OVEJAS PARA EL MATADERO.
Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.  Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto,
ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro. Romanos 8:31-39.

¿Perdedor o vencedor?

¡Tú decides!